«Caminante no hay camino, se hace camino al andar.» (Antonio Machado)
No fueron las formaciones académicas ni los títulos universitarios, ni los cursos ni las capacitaciones. Tampoco fueron los diversos puestos de trabajo en los que me desempeñé ni la gente “de poder” con la que me codeé. No, no fueron las batallas erróneas que defendí con capa y espada sin tener idea de que, en el fondo, respondían a intereses de terceros y eran totalmente ajenas a mi esencia.
Hizo falta un extenso recorrido (y en varias ocasiones varios golpes), para caer de esa montaña empinada y darme cuenta de que, si bien todas esas cuestiones no tenían verdadero peso en mi escala de valores, venían a cumplir una función específica: la de justificar una trayectoria que llena renglones en un curriculum vitae, pero que, a su vez, despoja y vacía el alma de todo atisbo de plenitud. (¿Será esta la dualidad a integrar?)
Más allá de estos párrafos que pueden sonar poco felices, quiero contarles que he recibido incontables enseñanzas, pero no de esas que nos da un Doctorado en la universidad más prestigiosa de Europa ni la “chapa social” que creemos adquirir cual título de nobleza cuando nos nombran en un puesto importante en una multinacional.
Hoy, con el diario del lunes sé que las enseñanzas más valiosas no han provenido jamás de jerarquías inventadas para satisfacer al ego humano, ni de falsas apariencias para agradar a los demás. En mi caso, las enseñanzas más valiosas han venido de aquellas situaciones que me he permitido vivir con el corazón bien bien abierto y entregada a la experiencia sin ningún tipo de prejuicio o condicionamiento.
A escasos días de cumplir 44 años y en este tramo del camino, estoy convencida de que gran parte de esas lecciones que me marcaron a fuego, me las dio un ser mucho más pequeño que yo en edad, pero, sin dudas, infinitamente más grande, noble y puro.
Mi hijo Mateo es sin dudas el mejor mentor que la vida me ha regalado. Cada noche, cuando apoyo la cabeza en la almohada, agradezco y pido al universo que esa capacidad innata que tiene para conmoverme con cada gesto, permanezca intacta hasta que mi luz se extinga por completo.
Creo que la felicidad es una sutileza de lo manifestado, pero también está presente en aquello que no estaba destinado a ser. ¿Existe en algún lugar del mundo una unidad de medida que logre contabilizar la verdadera abundancia? ¿O será que solo podemos tomar contacto con ella estando en coherencia con nosotros mismos y con el entorno?
Si la vida no es un constante suspiro entre eso que está siendo y eso que a la vez está dejando de ser, entonces que alguien me enseñe a tomar consciencia de mi finitud. Mientras tanto, seguiré aprendiendo de él y atesorando cada momento disfrutado.
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